lunes, 1 de marzo de 2010

2ª. "Una noche entre todas las noches".


Castres (Francia). Diciembre del 2009. José Mª. Molina.

Bajo la tenue luz de la noche encontraba un atractivo
que me acogía con agrado.
Las ramas despertaban al descanso mientras recordaban
las horas del pasado día en que los pajarillos les molestaban
posándose sobre sus viejos nudos.
La suavidad del suelo,
encapotado de hojas perdidas,
gruñía sin encontrar las palabras
al crujir de las pisadas.
La humedad de las gotas
que inundan la piel sin golpear,
me llenaban de una grata sensación de placer
al pasear bajo la lluvia.
La escasa nitidez verde en la oscuridad
de un fondo que no anulaba su ser conocido,
emanaba con seguridad
frente a mis pasos nocturnos
rociándolos de una absoluta tranquilidad.
Escucho el susurro encadenado
entre los muslos de la noche,
como aspaviento por recoger
y motivo por agradecer.
Es un canto que me anuncia tu caricia de seda,
como un mastín vigilante en duermevela
frente al ilusorio perfil
de este mundo de estreno y sonoro atril,
que se alza como una desagradable y asinfónica compañía.
Me esperabas hundida en un cálido sueño
al otro lado del puente.
Para llegar, volaría entre los múltiples azules
de este cielo elevado sobre mí,
recogiendo el haz de claros rayos
que una pasajera estrella deja al caer.
Y al llegar, levantaste rojas alas,
desplagándolas hacia el universo abierto sobre nuestros cuerpos
para atrapar el aroma que sabe hacerme feliz.
Recogiste los despojos
de aquellas nubes descalzas
que nos miran descaradas
mientras las bates ya en retirada.
Y en este amante consuelo,
tus brazos, que son cadenas consentidas,
guían este preciso momento
de íntima calidez.
Sí, estoy contento,
como el sonido crujiente
de estos manojos de hojas
que pisamos al descender.
Y llegó el amanecer...

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